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Desarrollo de software a medida: ¿alternativa real a las licencias?

Analizamos si la IA y las nuevas normativas permiten sustituir el software comercial por soluciones propias. Evaluamos riesgos de calidad, costes y el marco legal de la reimplementación.

Daniele Dibitonto
Daniele Dibitonto · 13 2026

Durante años, la gestión tecnológica de una empresa ha seguido un patrón previsible: pagar licencias por el software que el negocio necesita para operar. Sin embargo, el escenario ha cambiado drásticamente. Recientemente, el ingeniero Brandon Thomas publicó en GitHub ArtCraft, un conjunto de siete aplicaciones escritas en Rust que recrean las funciones centrales de herramientas como Photoshop, Illustrator o Premiere Pro. Lo más disruptivo no es solo que estas aplicaciones pesen decenas de megabytes frente a los cientos de los originales, sino que Thomas las desarrolló en cuestión de días utilizando Claude Opus 5.5 como copiloto.

Este caso, aunque calificado por su autor como "super early alpha", pone sobre la mesa una pregunta incómoda para quien firma las facturas de suscripciones mensuales: ¿sigue siendo rentable pagar licencias costosas cuando la capacidad de crear herramientas específicas ha escalado tanto?

El coste de la dependencia y la presión sobre las licencias

La insatisfacción con los modelos de suscripción no es solo una cuestión de precio, sino de transparencia y flexibilidad. En marzo de 2026, el Departamento de Justicia de Estados Unidos alcanzó un acuerdo con Adobe por 150 millones de dólares, desglosados en 75 millones en sanciones civiles y 75 millones en servicios gratuitos, debido a que la empresa ocultaba las comisiones por cancelación anticipada y dificultaba la baja de las suscripciones.

Esta tensión se refleja en otras áreas de la infraestructura. Según la encuesta "2026 IT Virtualization Survey - What's Next for VMware Users", realizada por Unisphere Research para Rimini Street sobre casi 300 organizaciones, el 90 % de los usuarios de VMware está considerando alternativas debido al aumento del coste de las licencias, mientras que el 54 % lo hace por el fin del soporte de las licencias perpetuas. En este contexto, el ahorro de costes es la prioridad principal para el 73 % de los encuestados, y un 66 % ya utiliza o se plantea el soporte de terceros.

Qué dice el mercado: el 32 % ya ha dejado de comprar algo

Esto no es una intuición de quien vende desarrollo a medida: son números del propio sector. En septiembre de 2026 El Economista publicó que los agentes de IA amenazan el futuro de las empresas de software, con un estudio de McKinsey —«El estado de la IA en 2026»— según el cual casi un tercio de las empresas consultadas, el 32 %, ha decidido no adquirir al menos un producto o una función de software comercial para desarrollarla internamente con agentes de programación. El mismo artículo cita entre las compañías con motivos para preocuparse a Microsoft, SAP, Oracle, Salesforce, IBM, Adobe, Autodesk y Sage, que es el nombre que casi cualquier pyme española tiene en la factura de su gestión contable.

Conviene leerlo sin triunfalismo. Sage no está retrocediendo: el 1 de octubre de 2026 completó la compra de Paperless Environments y sigue metiendo inteligencia artificial dentro de sus productos. Lo que se ha movido no es el proveedor, es la frontera entre comprar y construir. Hace tres años desarrollar una función propia para sustituir un módulo de pago era una idea cara; hoy una de cada tres empresas la ha tomado al menos una vez.

Para una pyme la conclusión práctica no es dejar al proveedor de siempre, sino separar dos cosas que hoy se pagan juntas: lo que es estándar —contabilidad, impuestos, nóminas, lo que la ley obliga a hacer igual que todos— y lo que es tuyo, el proceso que te distingue de tu competencia y que el producto de catálogo nunca cubre del todo. Lo primero se compra. Lo segundo, hoy, se construye.

La nueva fábrica de software y el desarrollo a medida

Estamos entrando en la era de lo que Satya Nadella ha denominado "The Infinite SaaS Factory". En su ensayo del 8 de octubre de 2026, el CEO de Microsoft plantea que Copilot puede actuar como una fábrica de software donde el negocio describe una necesidad y obtiene una personalización o un módulo nuevo conectado a sus sistemas. Para que esto sea viable en una empresa, Microsoft ha introducido el Copilot Managed Runtime, una infraestructura que permite que el código generado se ejecute bajo el control del departamento de sistemas.

Esta tendencia hacia el desarrollo de software a medida ya tiene exponentes prácticos. Vértice Labs, empresa nacida en León en enero de 2026, utiliza una flota de 92 agentes de IA que se reparten los encargos y se revisan entre sí, dejando las decisiones críticas en manos humanas. Sus productos, como TenderoTPV, ya responden a necesidades regulatorias concretas, como la obligatoriedad de VeriFactu para quienes tributan por el Impuesto sobre Sociedades a partir del 1 de enero de 2027.

Los riesgos: calidad del código y deuda técnica

No todo es eficiencia. Para un responsable IT, el riesgo más crítico es la calidad de lo que se despliega. Existe una brecha peligrosa entre la percepción de seguridad y la realidad técnica. Recogido por TechTarget, el 92 % de los responsables técnicos se sentía seguro al desplegar código generado por IA, pero el 81 % vio más problemas en producción ligados a dicho código.

La evidencia es aún más severa cuando se analiza la estructura del software. El análisis de GitClear de enero de 2026 halló que los peores resultados de calidad de código son nueve veces más probables entre los usuarios más intensos de IA. Esto significa que apostar por el desarrollo de software a medida acelerado por IA puede reducir la factura mensual de licencias, pero aumentar la factura de mantenimiento y corrección de errores a medio plazo.

La línea legal entre reimplementar y copiar

Cuando una empresa decide dejar de pagar una licencia para crear su propia herramienta, debe moverse en un terreno legal preciso. El caso de ArtCraft es una "reimplementación clean-room", lo que significa que la lógica y el comportamiento se reconstruyeron desde cero sin reutilizar código propietario.

Desde el punto de vista legal, la Ley de Propiedad Intelectual (art. 96.4), que traspone la directiva europea 2009/24/CE, y la sentencia del Tribunal de Justicia de la UE en el caso SAS Institute contra World Programming establecen que las funciones y los principios de un programa no están protegidos por el derecho de autor. Por lo tanto, reimplementar el comportamiento de un programa es lícito. Lo que permanece estrictamente protegido es el código fuente, los iconos, las interfaces reconocibles, los nombres y las marcas. Y ahí está el punto débil de ArtCraft: como señaló Ars Technica, la práctica de reimplementar funciones se considera legalmente aceptable, pero el proyecto puede tener problemas si su trade dress — el aspecto y la interfaz — imita demasiado de cerca a la de Adobe. El propio Thomas lo resume sin matices: «Software is over». La descompilación solo se admite para lograr la interoperabilidad, nunca para clonar un producto.

El caso más frecuente: el programa que nadie quiere tocar

En nuestra experiencia la pregunta casi nunca llega como «quiero un desarrollo de software a medida». Llega así: tenemos un programa hecho en Access hace quince años, funciona solo en aquel ordenador de la oficina, nadie sabe dónde está el código fuente y el equipo lleva un Excel al lado para cubrir lo que falta. Cambiarlo por un producto de catálogo obliga a toda la empresa a trabajar de otra manera; dejarlo como está cuesta cada año lo mismo en tiempo y en riesgo.

Por eso el trabajo no empieza programando, sino entendiendo el proceso: hablar con quien usa el sistema cada día — administración, almacén, comercial, dirección —, dibujar el flujo real desde que entra un pedido hasta que se cobra, encontrar lo que ocurre fuera del programa (el Excel paralelo, el cuaderno, el grupo de WhatsApp) y sacar a la luz las reglas que nunca se escribieron: descuentos por costumbre, excepciones para ciertos clientes, controles que viven en la cabeza de una persona. De ahí sale un documento funcional que decide, contigo delante, qué se replica, qué se simplifica y qué se elimina.

La reconstrucción parte de las pantallas reales del sistema actual. No necesitamos el código fuente — en la mayoría de estos casos se perdió hace años o lo tiene alguien que ya no está — ni acceso a la base de datos: el histórico se migra igualmente aunque el programa no tenga ninguna API. Con la IA escribiendo el código y nuestros desarrolladores revisándolo y firmándolo, lo que antes era un proyecto de un año se entrega en semanas. Es el servicio que hemos llamado refactoring, y empieza siempre por el acuerdo de confidencialidad, antes de que nos enseñes nada.

Analizar el proceso: la única forma de gobernar la dependencia

La dependencia de un proveedor no nace del contrato: nace del hecho de que el único sitio donde está escrito cómo trabaja tu empresa es el propio programa, y la cabeza de tres personas. Mientras siga así, cambiar cuesta caro aunque el contrato sea anual, porque lo que se pierde al cambiar no es el software: es el saber hacer que estaba dentro.

Por eso el trabajo serio no empieza eligiendo tecnología, sino levantando el proceso real: quién hace qué, en qué orden, qué pasa cuando algo sale mal, qué ocurre fuera del programa y qué reglas se aplican sin que nadie las haya escrito nunca. El resultado es un documento funcional que describe tu operativa y el perímetro exacto de lo que habría que reconstruir. Nosotros lo entregamos al cliente y es suyo desde ese momento, también si decide no seguir adelante con nosotros: con ese documento en la mano puede pedir presupuesto a quien quiera, y esa es justamente la medida de cuánta dependencia tenía.

A partir de ahí la dependencia se mide con tres preguntas concretas, que valen tanto si te quedas como si te vas: dónde viven tus datos y en qué formato puedes sacarlos; qué parte de tu operativa está documentada fuera del software; y de quién es el código de lo que usas cada día. Las dos primeras se pueden mejorar sin cambiar de proveedor. La tercera, no.

Sobre esa tercera: lo que construimos en un proyecto de refactoring queda en propiedad de la empresa que lo encarga. Al final entregamos el código fuente completo y la documentación, sin licencia por usuario sobre un sistema que es tuyo. No es generosidad, es coherencia: si el argumento es dejar de depender, no tendría sentido resolver una dependencia vendiendo otra.

En glacom hacemos exactamente este trabajo: analizar el proceso, reconstruir desde tus pantallas sin necesitar el código original y migrar el histórico aunque no haya API, con el resultado en propiedad de tu empresa. El detalle está en nuestra página de refactoring.

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